Las bizarras desventuras del Escritor Maldito · 4
Capítulo 4 · Picante
MuéReTe,, Lector.
TÚç el priiimerO.
Ya puEDes habxer _leído a PPproust.
_ __Bioy A odxiarte iGuaL..
¿Has visto, Esfínter? No he olvidado cómo se teclea. Tenías razón: todo es cuestión de flexionar y estirar. La miseria entumece. Volver a montar en bicicleta y todas esas metáforas.
Pero Esfínter no veía nada. Estaba explorando el Planeta Fentanilo y, a juzgar por sus movimientos de Tai Chi vanguardista, no tenía pinta de que fuera a regresar de inmediato.
MuérRetye, rEcotuber.
BUktokker de mierRrda.
InstaaGrameR de los coj)nes.
_PArásIto digittal.
Siempcre dixie´ndonos lo que tenemOS qux hAcerR. LeeR. CoMMPrarr. CoMmMer.
Haz> algO tú y VE a cagatTrla a ootre parte.
El sIglO XXI ya appPestya demaSiiado.
Tras comprobar, compasivo cabeceo seguido de asentimiento labial, que Esfínter estaba en «modo avión», el Escritor Maldito se buscó otro interlocutor para compartir su ilusionante statu de Escritor Renacido.
Esto funciona, Ratatuí. Noto fluir los jugos creativos. El método manual vuelve a abrirse ante mí cual flor de loto.
Ratatuí, que en realidad era una rata cualquiera (el Escritor tiene la manía de llamar Ratatuí a cualquier roedor visitante o residente del bajopuente donde vive con Esfínter que tenga la deferencia de suspender por unos segundos sus quehaceres de carroñero de arrabal y le preste atención husmeando sus bigotes), lo miraba absorta hincarse frente a la Remington, punteando grafo dedo a dedo, quasi pizzicato ma non più, los ojos a un milímetro de la página, cegato perdido y sonriendo la sonrisa del escritor redivivo, mientras la buena y susodicha rata se preguntaba qué habría sido de su hermana, quien por cierto fue la Ratatuí de ayer, sin sospechar, bendita ignorancia la de ratas y hombres, que a estas alturas ya ni siquiera pertenecía al reino animal, pues como todo ente mundano estaba sujeta al cambio y a la transformación y en esta precisa línea lo que quedaba de ella iba discurriendo por los respectivos intestinos gruesos del Escritor y de su colega Esfinter en una suerte de media maratón digestiva tras el nutritivo Menú Especial de Fin de Mes para Politoxicómanos Desesperados que ambos se procuraron hace unas horas.
MuÉREtE queJIca. Te queJAS del FRIÖ en invVieRno y del calor en VverAno.
No exstáS hechOA paraa lA viiiDa.
MuÉRetTe TiRAdor de PpetAardos.
MuÉerete niÑo BeRREante.
MUérte perro PataDA, no eres mñas que unA soprAAanino peoludda-.
MOrÍOs AngliCistAS hiJOsdeppUTa. Violadores de la SanTTa Madr Lengux CasyteLLLlana. Os arrearía uNm gancvho mmuyy HeaLthhyen la pleNnna JetaA.
SIx 7 mOthderfakKker.
He perdido práctica, eso está más claro que tu ciego. Pero la cosa marcha: ¡no hay mejor terapia que el odio mecanografiado!
De repente, el Escritor Maldito sintió la elevación del mercurio en su entrepierna. Joder Esfínter, con la tontería del odio me estoy poniendo esdrújulo y filibustero, proclamó tras palparse el bulto pulsátil que no se le aguantaba en los pantalones. Miró a ambos lados del puente cual RoboCop, la resaca del vinarro marca blanca del súper no le permitía grandes fiestas cervicales, y comprobó que no había moros en la costa salvo el muy moro Esfínter (Tánger, 1987), quien seguía interpretando su Opus Toxicus ante la atónita mirada de un respetable que, por mucho que se atusara los bigotes, no acababa de entender las complejidades conceptuales de la pieza. Todo parecía indicar que las cinco mil neuronas de reserva que Esfínter solía dejar de guardia para que no le rapearan su culo mientras hollaba la galaxia (como solía decir en su graciosa jerga callejera) debían estar en el funeral de las cien millones de neuronas que habían perecido en el holocausto neurológico. De este modo, sin nadie que pudiese reparar en su onanismo plenairista improvisado, el Escritor Maldito se puso a la tarea cual repostero emocionado frente a un bol de yemas de huevo.
Eso sí: necesitaba inspiración para sacudirse con éxito. Así que, ni corto ni perezoso, rebuscó en la carpeta mental que bien podría haber intitulado «Leitmotivs para una gayola rápida». Ahí encontraría a buen seguro un interesante reservorio erógeno de criaturas y circunstancias.
Empezó por la mujer que le quedaba más a mano en el tiempo: Edurne. Conocida en el San Blas de los 90 como La Aspiradora Humana. Flap-flap-flap. Era la última gachí que se le había arrimado y mostrado un poco de amor. Chuk-chuk-chuk. De aquello hacía como veinte años y la tenía medio borrosa tirando a enteramente borrosa (no es que el Escritor Maldito fuese el epítome de lo que los viejos latinos llamaban claritas) Taka-taka-taka. Solía dejarlo seco por solo cuatro rayas y un par de lingotazos. Chuk-chuk-chuk. Tras los soberbios masajes bucofaríngeos de La Aspiradora, su epidídimo nunca volvió a ser el mismo. Flap-flap-flap. Dale, sí, eso es, dale. Taka-taka-taka. Poco a poco, el Escritor se iba viniendo arriba con la nostalgia. Flap-flap-flap. Edurne tenía más curvas que el GP de Mónaco y por dos mil pelas ella le dejaba dárselas de Ayrton Senna. Chuk-chuk-chuk. Labios como flotadores los de Edurne. Flap-flap-flap. Sí, dale, cabrona. Taka-taka-taka. Así, me gusta, qué rico tía. Chuk-chuk-chuk. Pero de pronto, entre el flap-flap-flap, el chuk-chuk-chuk y el taka-taka-taka, el Escritor Maldito empezó a recordar el olor a pescado muerto flap-flap que subía desde los bajos secuestrándole la pituitaria taka-taka cada vez que ella lo obligaba, manos sobre chota, chuk, al temido descensus ad inferos. Qué puto asco de chichi, tía. Puag. Olía como una fosa común para pulpos cavada en medio de una selva tropical. Buag. El horrolor, que diría Kurtz. Guag.
El pene se le amustiaba por momentos y eso no podía ser. Así que descartó a La Aspiradora Humana y pasó a otra situación: su primera novia. Venga, vamos, hmp, hmpph, hmppph… ¡Uno nunca olvida el primer amor! Chuk-chuk-chuk. Por cierto… Taka-taka… ¿Cómo se llamaba esa condenada? Flap-flap... El Escritor se rascaba la mente sin dejar de darle al cinco contra uno, flap-flap-flap, pero no había manera… ¿María? Chuk-chuk-chuk… ¿Elena?... Taka-taka-taka… ¿Sonia? Flap-flap-flap. ¿Susana? En fin: ¿qué más daba su nombre? Chuk-chuk-chuk. Lo único que importaba en esos momentos era su lujuria a prueba de Kamasutras, su pansexualidad, una poliestilística la tía. Taka-taka-taka. La cosa es que nunca llegaron a conculcar el ansiado trío. Chuk-chuk-chuk. Así que el Escritor decidió añadir contenido al monótono metesaca de sábado noche introduciendo un nuevo personaje. Flap-flap-flap. Una mujer, obviamente. Chuk-chuk-chuk. Here comes a new challenger. Flap-flap-flap. Una modelo de lencería plagiada de la parada del Búho en que se había metido un pico dos noches atrás esperando al ídem. Taka-taka-taka. Como la reconstrucción se le antojaba penosa, le puso más tetas, más cintura, más de todo. Flap-flap-flap. Más es más, que suele decirse. Chuk-chuk. Pero el asunto se había venido abajo y no parecía haber dios capaz de levantar aquello (al final iban a tener razón las campañas antidroga) Sin embargo, el Escritor Maldito estaba decidido a ir a por todas de tan motivadísimo que se hallaba por el éxito incontestable de la sesión de entrenamiento con la Remington. Chuk-chuk-chuk. Viendo que aún quedaba espacio en el catre donde jolgoriosamente retozaban su innominada ex y la modelo de lencería, se dijo que donde caben dos caben tres e introdujo en la escena un negro con elefantiasis genital (siempre había querido que un negro con elefantiasis genital se lo hiciera con una de sus ex, y habida cuenta de la fláccida vergapasa que acurrucaba en su mano derecha, resultaba evidente que necesitaría apoyo logístico con las invitadas) El negro en cuestión penetró cortésmente en el dormitorio, doucement, luego en el catre arrastrando por las sábanas aquella paquidérmica monstruosidad y, por último, penetró en su ex (¿Sonia? plas-plas-plas; ¿Elena? taka-taka-taka; ¿María? chuk-chuk-chuk).
Pero oye: que ni por esas. La pollita del Escritor Maldito no dejaba de ser un triste buñuelo que lo miraba con cara de culpabilidad (imaginémosle al glande unos ojitos de emoticono). Como ya no le quedaban muchas opciones se dijo que las situaciones extremas requieren medidas extremas e hizo que el negro interrumpiera el bum-ba-bum para abrir la puerta al dóberman que esperaba manso la zoofílica invitación (pensó primero en un caballo, pero enseguida se dio cuenta de que el hecho de que un equino franquease la puerta de ese dormitorio imaginario era abusar de la suspensión de la incredulidad)
Flap-chuk-taka. Nada que hacer.
Ok. Si el sexo no funciona, barruntóse el Escritor, habrá que ingeniarse otra cosa.
Así que acudió a la carpeta mental titulada «Suicidio».
El suicidio predilecto del Escritor Maldito es un secreto de estado (no para mí, claro: yo he podido leerle la cabeza desde el principio) ya que cualquier fulano, pongamos por caso un Ethan Hunt parapléjico, podría llegar a plagiárselo. Y es que el Escritor Maldito es genuino hasta en el autocese. Hace años se enteró por las noticias de que una avioneta se había averiado en pleno vuelo y caído en picado dentro del Etna y, desde ese momento, cada vez que fantaseaba con la idea de que algo así podría ocurrirle a él, o mejor aún, que él mismo podía diseñarse un suicidio empleando tales elementos y posibilidades, experimentaba una erección de consistencia siderúrgica.
Pensar en el suicidio le resultaba estimulante. Le daba perspectiva. Tener un horizonte, aunque fuese un horizonte terminal, confería a la vida una sensación de propósito. Le hacía sentir seguro, confiado, esperanzado. Es importante, sermoneaba a Esfínter, contar siempre con una buena Salida de Emergencia.
Pero, una vez más, el Escritor sintió el ingrávido peso del fracaso entre sus dedos. Su vergapasa tenía el aspecto del tocado de una sorgina vasca. La tristeza hecha polla. O mucho se equivocaba o el circuito del sexo se le había fundido.
De repente, se le ocurrió que quizás necesitase un estimulante real, fungible, táctilmente eficiente, para animar la cosa: uno de esos geles lubricantes que Esfínter usaba para ocultar sus bienes comerciales en las partes más oscuras de su anatomía. Un eureka del tamaño de Godzilla propulsó al Escritor al ojal de su compa en pos del preciado lubricante. En otras circunstancias se lo habría pedido directamente, sin ambages, que para eso había la confianza de compartir jeringuilla, pero como Esfínter seguía encandilando a las ratas con su increíble espectáculo de patético yonkarra, se convenció de que si no le metía mano al asunto directamente (aunque eso supusiera revolver entre capas tectónicas de mierda, andrajos y toda suerte de criaturas microscópicas que Esfínter criaba en ese zoológico que tenía por cómoda) no habría forma de hacerse una paja como dios manda.
Ansioso y rijoso como él solo, el Escritor escarbó, hozó y hurgó en las cosas de Esfínter hasta girar el caos y dejarlo todo más ordenado que una patena. Y aún así ni rastro del bendito gel lubricante. Lo que sí encontró el Escritor en su afanosa búsqueda fue un familiar bote de líquido magmático cuya etiqueta rezaba El Bachilisco (Made in Jalisco) que no tardó en reconocer como el picante ultrapicante favorito de Esfínter, otrora respetado competidor en internacionales concursos de pungencia y ganador incluso de dos oros consecutivos en el prestigioso certamen mexicano Aliento de Dragón para ‘cabezas de chili’ o suicidas del picante. El Bachilisco, según recordaba el Escritor, había sido puntuado en la Escala Scoville -la escala que mide el picor de los chiles- con unas nada despreciables 3.500.000 Unidades de Calor sobre las 6.000.000 Unidades de Calor de la capsaicina pura, que es el equivalente del Infierno en formato salsa.
Sosteniendo tembloroso el bote de El Bachilisco en su mano izquierda mientras el diámetro ahuecado de la diestra volvía a ser magníficamente ocupado por su troncho de carne erecta, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, empezó a desatarse en el Escritor una lucha interna, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, una conflagración mortal entre su mancillada, depauperada y ajada cordura y su muy tonificada y cotidiana locura autodestructiva, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk. Tras saltar del bote al pene y del pene al bote durante varios (y sudorosos) minutos seguidos, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, las vibrátiles pupilas del Escritor Maldito acabaron por posarse en las Cinco Guindillas Doradas con que El Bachilisco había sido galardonado por la Comisión Internacional del Picante y que orlaban la testa del desafiante draco azteca del isologo corporativo plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk. Instantáneamente, la tensión dualista que a punto había estado de partir por la mitad a nuestro Escritor, taka-plas-chuk, se resolvió en un ‘clic’ que no sonó precisamente a buena idea.
Plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk.
El Escritor cerró los ojos y se vio a bordo de la avioneta sobrevolando el volcán, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, la caída libre sin paracaídas, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, el cráter volcánico recibiéndole con los brazos abiertos, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, su piel rizándose como beicon crujiente, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk y, finalmente, el extático delirio de la muerte hipertérmica, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk.
Acto seguido destapó el el bote, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, y pronunció en alto, plas-plas-plas, taka-taka-taka, chuk-chuk-chuk, dos palabras sencillas:
A volar.
David Rodríguez Cerdán
Las Palmas, G.C., 26 de junio de 2026



